Un anacrónico necesario

Siempre me ha contado mi padre que decidió involucrarse activamente en política —a la que ha dedicado buena parte de su vida— cuando conoció a Alfonso Guerra en un viaje de éste a Granada, en la década de los 70. “Alfonso es capaz de poner en palabras cosas que siento y no soy capaz de expresar”, me ha repetido en numerosas ocasiones.

Salvando las distancias —porque ni el interpelado en estas líneas es Alfonso, ni yo soy mi padre—, hoy me embarco en una misión ardua, pero conveniente: convencer a mi amigo y compañero en la Asociación Española de Secretarios Generales y de Consejo de Administración, Juan Ignacio González de Eugenio, para que publique regularmente una columna en la web de la Asociación.

Juan Ignacio es un excelente abogado, un intelectual anacrónico, profundo en el análisis, polémico y polemista, de pluma acerada y lengua afilada. Y es justamente por eso por lo que resulta tan conveniente su participación periódica: para retar las convenciones que alimentan la inercia de lo políticamente correcto y despertar —aunque sea fugazmente— conciencias.

No tengo duda de que las columnas que hoy propongo que escriba no tendrán ninguna utilidad práctica y, sin embargo, serán imprescindibles. Los intelectuales no nos dan respuestas fáciles, pero nos ofrecen las preguntas difíciles que deberíamos hacernos. Los necesitamos para que mantengan viva la llama del pensamiento crítico.

Juan Ignacio —si acepta la propuesta— perderá, sin duda, el reto de atraer la atención de los que somos sus potenciales lectores. Pero nos estará haciendo un favor que apenas sabremos agradecer, y que, desde luego, no podríamos pagar.

Escaldes-Engordany, 21 de marzo de 2025

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